07 de Agosto de 2026
12:24 hs
12:24 hs
NOTICIAS
La parroquia Santa María de la Asunción de Laredo se llenó este mediodía de emociones y afecto para celebrar los 50 años de vida sacerdotal de Gregorio Julián García Liaño, “don Julián”, quien estuvo destinado en la villa pejina desde el año 1962 hasta el 2002.
Todo un récord de permanencia el de un castreño que, fiel a su estilo, volvió a arrancar las sonrisas evocando los lances vividos durante cuatro décadas en la localidad costera. Sus primeras palabras fueron de gratitud a todos los que le brindaron su apoyo desde su arribada, ya fuera como compañeros sacerdotales y hermanas religiosas, como familias que le dieron cobijo en sus hogares como si fuera uno más, o como cuidadoras de la casa rectoral que con su empeño logró dignificar tal y como hoy la conocemos en la calle San Martín.
Una andadura al término de la cual se ganó a pulso el nombramiento, por unanimidad, como Hijo Adoptivo del pueblo pejino. Algo que nunca llegaron a imaginar aquellas mujerucas que un cuatro de octubre de 1962 jugaban en plena rúa de Santa María su tradicional partida de brisca. Con un andar titubeante asomó la enjuta figura de un recién ordenado sacerdote que llegaba a ocupar su puesto de coadjutor y organista. “Esti pobre no aguanta ni un mes” acertó a decir una de ellas a modo de portavoz de la silente expresividad del resto.
Aquél pronóstico se demostró absolutamente errado sobre un hombre que “ha dejado una profunda huella en Laredo”, tal y como afirmó el alcalde, Ángel Vega, agradecido por la dedicación de don Julián para con el patrimonio religioso, el pueblo y la juventud laredana.
Anecdótico resulta que en aquellos comienzos tuviera que decir que era natural de Allendelagua, temeroso de que la rivalidad laredana con su pueblo de origen le granjeara algún contratiempo. “Cuando aquello ya cantaban lo de dicen que Castro arde, Laredo llora, porque no se ha quemado, antes de ahora. Si se enteran que vengo de allí, me tiran al agua”, señaló en tono de broma durante la homilía.
En todo momento quedó patente su complicidad con las gentes de un pueblo al que se acostumbró a querer como propio y que define como muy sincero y abierto, en todos los niveles. A este respecto, recordó esa competición que mantenía con uno de los muchos alcaldes que ha conocido (desde Tomás de la Dehesa hasta Ángel Vega) sobre quién de los dos había de ser más nombrado en las murgas de carnaval. “Y siempre ganaba yo. Eso es popularidad, la gente se acuerda de ti. Es la idiosincrasia de este pueblo, sinceridad, espontaneidad, llanura, abierta a la mar”.
Un juicio sustentado en un amplio anecdotario del que se permitió extractar lances como el de aquella mujer que acudió a su despacho quejosa porque en misa siempre nombraba a su marido en último lugar. Oído aquel alegato, el párroco le prometió que durante el siguiente mes le nombraría el primero en todos los oficios religiosos. Aquella promesa desencadenó una exclamación irreproducible y una promesa no menos inconfesable: “Pues sepa usted que durante el mes no le han de faltar salmonetes”.
En medio, una ingente labor para restaurar Santa María, San Martín, San Francisco o El Buen Pastor, acompañada de cierta leyenda “negra” que lo mismo le acusaba de ser el responsable de la marcha del inolvidable don Rafael Picó, o que sancionaba que “esti don Julián nos ha quitado el Vía Crucis”. Letanía resumida por aquella otra mujer que, al tiempo que se remangaba el delantal decía aquello de “Don Julián, don Julián, que usted tampoco es trigu limpio”.
Recuerdos y guiños enunciados en la homilía de una misa concelebrada junto a una docena de oficiantes, párrocos del arciprestazgo de la Costa Oriental así como compañeros de andadura sacerdotal en Laredo. Representación eclesiástica encabezada por el arzobispo y Nuncio de Su Santidad, Pablo Puente, hijo adoptivo de Laredo e hijo predilecto de Colindres, quien transmitió a su amigo la “felicitación y la gratitud” por toda una vida consagrada a la iglesia. El actual párroco, don Romualdo, artífice de la misa homenaje, presentó el retrato de don Julián que en adelante asomará en el despacho parroquial del Buen Pastor junto al que ya existe de don Rafael. Y el Patrón Mayor de la Cofradía de Pescadores de San Martín, Braulio López, le hizo entrega de una placa en reconocimiento a la figura de un sacerdote que llegó a Laredo a pescar almas y que salió a faenar durante inolvidables jornadas de mar con unos pescadores con los que compartió sudor, ilusión y esfuerzos hasta lograr convertirse en un laredano más.






