07 de Agosto de 2026
19:12 hs
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NOTICIAS
Su colocación marca el punto de no retorno para cada edición de la Batalla de Flores. Bajo las entrañas de los andamios y toldos elevados a más de ocho metros de altura se libra, a partir de mediados de julio, un auténtico zafarrancho de combate. Carrocistas y colaboradores trabajan a destajo para dejar a punto sus creaciones en unas estructuras diseminadas a lo largo de Laredo y convertidas en santuario de ineludible visita para los auténticos devotos de una celebración única en el mundo.
Si hasta el día del Carmen las horas se han invertido en modelar las figuras y atender los cuadros de flor, ahora llega el momento de ensamblar todas las piezas en férreas estructuras que garanticen la máxima solidez y estabilidad. Una labor que se desarrolla a contrarreloj y que requiere unos espacios diáfanos en los que poder moverse con soltura y seguridad. En juego está ser capaces de rematar unas fantasías que cada año impactan por su deslumbrante belleza.
Puro trámite para muchos, bajo este mar de plásticos de temporada estival se cuecen, en realidad, los momentos claves para que el último viernes de agosto todo salga a la perfección durante el desfile en el circuito de la Alameda de Miramar. Gran conocedora de estos entresijos, la concejal de Turismo y Festejos, Laura Recio, colaboradora de carrocistas desde hace años, acaba de culminar la visita, uno a uno, de todos los cuarteles generales para verificar que todos han recibido, a tiempo, el material solicitado a la empresa suministradora. Es la primera vez en la trayectoria del festejo que se realiza esta auditoría, y el balance es alentador. Salvo alguna pequeña confusión, todos los pedidos han sido servidos conforme a los planos facilitados meses atrás por los propios carrocistas.
Cada artista que presenta una carroza grande y una pequeña viene requiriendo, de media, alrededor de veintisiete metros lineales de andamios, elevados a dos aguas, una a ocho metros de altura, y otra a siete metros. Todo ello con sus respectivas escaleras de acceso y con las cerchas que les permitan ir trabajando a distintas alturas conforme avanza el montaje de la carroza. Para hacerse una idea, rematar las partes más altas supone operar asomado a una balconada de un tercer piso. No apto para quienes padezcan mal de alturas.
Sobre todo el conjunto se despliegan unos resistentes toldos capaces de preservar la integridad de todo el material contra viento y marea. Justo en la cima, unos potentes focos permiten que las jornadas de labor se extiendan hasta bien entrada la madrugada. Un despliegue que requiere la coordinación de las empresas adjudicatarias de los distintos servicios, así como del equipo de electricistas de la Brigada Municipal de Obras.
Paradojas de la crisis
Los últimos años han elevado hasta máximos históricos el nivel de exigencia de unos artesanos cuyas carrozas rematadas en flor natural siguen sorprendiendo a quienes reparan en su auténtica dimensión. El propio cartel de la fiesta, inspirado en una fotografía de la propuesta ganadora en la edición de 2011, sirve como ejemplo ilustrativo. Basta con reparar en una de las chicas que asoma en la parte inferior y proyectar la escala sobre todo el conjunto.
Una monumentalidad en cuyo fundamento se oculta una paradoja en estos tiempos de crisis. Suena un poco fuerte, pero hay carrocistas que aseguran que, muy probablemente, estemos asistiendo a los años de oro de la fiesta, por una razón muy concreta: muchos de estos artistas y sus cuadrillas están en el paro. Y ello les permite invertir más horas que nunca en sacar adelante sus trabajos. “El nivel de dedicación que mantenemos actualmente sería impensable si tuviésemos que hacerlo compatible con una jornada laboral. Y callado está dicho que ojalá pronto tengamos que bajar el pistón, porque lo primero es poder ganarnos la vida”. Así de gráfico lo explica el artesano mientras retoma la escalada a lo alto del andamio para seguir en un tajo que, pese a no dar dinero, está claro que les brinda otras compensaciones en forma de orgullo por encarnar la más entrañable tradición de un pueblo como Laredo.
Puro trámite para muchos, bajo este mar de plásticos de temporada estival se cuecen, en realidad, los momentos claves para que el último viernes de agosto todo salga a la perfección durante el desfile en el circuito de la Alameda de Miramar. Gran conocedora de estos entresijos, la concejal de Turismo y Festejos, Laura Recio, colaboradora de carrocistas desde hace años, acaba de culminar la visita, uno a uno, de todos los cuarteles generales para verificar que todos han recibido, a tiempo, el material solicitado a la empresa suministradora. Es la primera vez en la trayectoria del festejo que se realiza esta auditoría, y el balance es alentador. Salvo alguna pequeña confusión, todos los pedidos han sido servidos conforme a los planos facilitados meses atrás por los propios carrocistas.
Cada artista que presenta una carroza grande y una pequeña viene requiriendo, de media, alrededor de veintisiete metros lineales de andamios, elevados a dos aguas, una a ocho metros de altura, y otra a siete metros. Todo ello con sus respectivas escaleras de acceso y con las cerchas que les permitan ir trabajando a distintas alturas conforme avanza el montaje de la carroza. Para hacerse una idea, rematar las partes más altas supone operar asomado a una balconada de un tercer piso. No apto para quienes padezcan mal de alturas.
Sobre todo el conjunto se despliegan unos resistentes toldos capaces de preservar la integridad de todo el material contra viento y marea. Justo en la cima, unos potentes focos permiten que las jornadas de labor se extiendan hasta bien entrada la madrugada. Un despliegue que requiere la coordinación de las empresas adjudicatarias de los distintos servicios, así como del equipo de electricistas de la Brigada Municipal de Obras.
Paradojas de la crisis
Los últimos años han elevado hasta máximos históricos el nivel de exigencia de unos artesanos cuyas carrozas rematadas en flor natural siguen sorprendiendo a quienes reparan en su auténtica dimensión. El propio cartel de la fiesta, inspirado en una fotografía de la propuesta ganadora en la edición de 2011, sirve como ejemplo ilustrativo. Basta con reparar en una de las chicas que asoma en la parte inferior y proyectar la escala sobre todo el conjunto.
Una monumentalidad en cuyo fundamento se oculta una paradoja en estos tiempos de crisis. Suena un poco fuerte, pero hay carrocistas que aseguran que, muy probablemente, estemos asistiendo a los años de oro de la fiesta, por una razón muy concreta: muchos de estos artistas y sus cuadrillas están en el paro. Y ello les permite invertir más horas que nunca en sacar adelante sus trabajos. “El nivel de dedicación que mantenemos actualmente sería impensable si tuviésemos que hacerlo compatible con una jornada laboral. Y callado está dicho que ojalá pronto tengamos que bajar el pistón, porque lo primero es poder ganarnos la vida”. Así de gráfico lo explica el artesano mientras retoma la escalada a lo alto del andamio para seguir en un tajo que, pese a no dar dinero, está claro que les brinda otras compensaciones en forma de orgullo por encarnar la más entrañable tradición de un pueblo como Laredo.






